miércoles, 15 de diciembre de 2010

Hugo Bianchi: el gerente bolche

Esta entrevista a Hugo Bianchi, dirigente histórico de los metalúrgicos y del PIT-CNT, luego devenido gerente, se publicó en el diario Plan B, el 14 de setiembre de 2007. Aquí se reproduce un fragmento.

Hugo Bianchi, Untmra, PIT-CNTHugo Bianchi integró durante más de diez años (1990-2001) el Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT. Entre 1972 y 2006 fue uno de los principales dirigentes de la Unión Nacional de Trabajadores Metalúrgicos y Ramas Afines, la combativa Untmra. Por eso a muchos les sorprende que hoy sea gerente. Y gerente nada más y nada menos que de Umissa, la polémica empresa que exporta casas prefabricadas a la Venezuela de Hugo Chávez.
Bianchi comenzó a trabajar a los 12 años, cuando su padre dejó el hogar y él tuvo que ayudar a su madre a sacar adelante a la familia. Ella y su hermana cocinaban, él repartía las viandas. Pero con el tiempo Hugo comenzó a acunar otros sueños.
-Yo quería ser metalúrgico, porque Lenin decía que eran la vanguardia del proletariado mundial. Además, ganaban bien, y yo quería casarme.
Lo consiguió en enero de 1963 y no se arrepiente. Dice que su trabajo le dio todo en una vida que lo llevó de Montevideo a Moscú y que le permitió hacer muchos amigos, el presidente Lula entre ellos.
Comunista desde siempre, Bianchi abandonó el PCU tras el derrumbe del bloque soviético. Sin embargo, durante muchos años siguió sintiéndose comunista y siempre votante del Frente Amplio. Curiosamente, con esas credenciales, comienza la entrevista hablando con entusiasmo El doctor Figari, el libro del político más rechazado por el frenteamplista promedio, el ex presidente Julio María Sanguinetti.
-Lo van a querer matar. ¡Leer a Sanguinetti y todavía citarlo!
-Nunca estuve a favor de la inquisición. El libro es muy interesante; Sanguinetti cuenta las ideas que tenía Figari para el desarrollo técnico del Uruguay, para desarrollar la innovación, el trabajo, el arte, la enseñanza. Son todas cosas que Uruguay no ha superado y no son de izquierda, ni de derecha, ni de centro. Es la búsqueda de una cultura diferente. Por desgracia nunca se les dio ni cinco de bolilla. Ni entonces y ni ahora.
-Ni siquiera en las presidencias del propio Sanguinetti.
-Es cierto, es una contradicción.
-Usted, en los años 90, como integrante de la dirección del PIT-CNT, buscaba un acuerdo entre sindicatos, empresarios y gobierno, un pacto social. ¿Por qué lo hacía?
-Este país no sale adelante si pensamos que el conocimiento está embotellado. El saber no es propiedad de determinado sector social o profesional: está en todos lados. Lo tiene la academia, pero también los trabajadores por su conocimiento acumulado, los empresarios, los funcionarios. Lo que yo planteaba era eso: acumular todo ese conocimiento a favor de la industria nacional. Si se lo llamaba acuerdo social o de otra manera, no tenía importancia. El problema es que, aún hoy, sin eso, no se avanza.
-¿Y por qué no se logran esos acuerdos en Uruguay?
-Es difícil. A veces parece que tenemos un diálogo de sordos. Recuerdo una reunión entre empresarios, sindicatos y gobierno en época en que Ana Lía Piñeyrúa, de la que tengo una excelente opinión, era ministra. La posición que llevaron los empresarios fue que se rebajaran ¡42 impuestos! Me acuerdo que Davrieux, que estaba en representación de la OPP, me miró con los ojos desorbitados. No podía creer lo que oía. ¿Y con qué vamos a pagar la enseñanza y la salud pública?, les respondió. Recuerdo que nosotros queríamos discutir el tema de la competitividad de la industria nacional, pero Davrieux dijo que no. Yo quedé patitieso, porque eso se estaba discutiendo en todo el mundo y Davrieux, que es muy inteligente, no lo quería discutir.
-¿Cómo concilia el pacto social con la lucha de clases, a la que se afilia el movimiento sindical?
-La lucha de clases existe. Existe la lucha de intereses y muchas otras cosas. Pero también existe esta sociedad y hay que sacarla adelante. Hoy el capitalismo no está dando soluciones a la humanidad, la globalización no está al servicio del hombre. El mundo es rehén de los capitales financieros. Sólo el 8% de la riqueza que se genera se aplica en producir riqueza verdadera, en beneficio a la gente: el resto es todo movimiento financiero. Así no se puede seguir. ¿Cuál será el mundo nuevo? Ojalá pudiéramos hablar y ponernos de acuerdo.
-Usted pasó parte de su exilio en Brasil. No fue uno de los destinos más comunes de los exiliados. ¿Cómo terminó allí?
-Yo salí para Argentina, porque tenía parientes. En 1982 el Partido Comunista decidió que fuera a Brasil. Allí no pedí asilo, estuve todo el tiempo bajo la protección del Partido de los Trabajadores, hasta 1990.
-¿Y qué le dejó Brasil?
-Es una sociedad con todo lo bueno y lo malo del ser humano. Quizás por influencia africana, las relaciones humanas son diferentes, más abiertas, no está presente la noción del pecado como aquí. Es un país joven. Tiene una mayor cultura de debate. Tiene relaciones productivas, tecnología e industria más avanzadas; eso genera un sentimiento profesional en cada trabajador, incluso en el que limpia la vereda. Yo iba una vez por mes a Bahía. El bahiano es famoso por ser alegre y divertido, pero las discusiones del sindicato petroquímico eran de una seriedad profesional y una disciplina admirables.
-¿Acá no existe esa seriedad profesional?
-No, no hay esa autoestima profesional en las personas. Es una cosa a construir si queremos conseguir innovación tecnológica. Porque no vamos a conseguir innovar en tecnología importando la última máquina japonesa. El gran tema es cómo lograr nuestros propios avances, avanzar en lo que nosotros podemos producir, en nuestra escala, con nuestros socios...
-¿Y el sindicalismo aporta algo en ese sentido?
-Francamente, puede quedar antipático que lo diga ahora que no estoy en el movimiento sindical. Pero veo que se está perdiendo la gran oportunidad de avanzar en aspectos importantes. Veo al PIT-CNT con poca iniciativa y muy crítico. Más que en gobiernos anteriores.
-¿Y usted qué opina de este gobierno?
No estoy de acuerdo con muchas cosas. Creo que no hay una política de desarrollo productivo. Quizás la haya en el sector agropecuario, pero seguro que no la hay en la industria. Algunas cosas valiosas se han hecho, pero podría hacerse mucho más. No es solo cuestión del gobierno. Habría que ver si la Cámara de Industrias y el PIT-CNT están dispuestos a ayudar. Yo más bien veo otro diálogo de sordos.
-Quizás le digan que critica porque hoy la ve de afuera.
-No es así. Nunca la vi de afuera, ni de un lado ni del otro. Cuando estaba en la dirección del sindicato, conocí a industriales que me podían merecer críticas, pero también mucho respeto, porque laburaban desde la cinco de la mañana hasta la medianoche y para ellos la fábrica no era sólo una manera de hacer dinero, era su realización, su obra en la vida, su creación. Por eso los respetaba, y a algunos hasta les he tenido afecto.
-Entre que lee a Sanguinetti y esto, lo van a matar.
-Una vez dije en una asamblea que yo apreciaba a Jorge Soler Garmendia, un empresario que lamentablemente murió. Un compañero me dijo: ¡no lo podés apreciar! Le contesté: por favor, vos decidís lo que digo en nombre del sindicato, pero sobre mis afectos resuelvo yo. Soler era un hombre muy capaz que sabía cómo hacer plata. Él metía millones de dólares en la industria cuando podía hacer mucho más dinero en la especulación. ¡En este país, una persona así se merecía el mayor de los respetos! Y, además, conmigo siempre fue leal. Muchas veces no estuvimos de acuerdo, pero nunca me vendió espejitos. ¡Cómo no me voy a sentar en una mesa con una persona como Soler, o como su hermano Ernesto, para discutir cómo desarrollar la industria!
-En una entrevista en 1998, dijo que no adhería a ningún partido, pero que todavía se sentía comunista. ¿Hoy también?
-Yo no me hice comunista por odio a nadie. Me hice para que mi madre y mi hermana no tuvieran que vivir cocinando, quemándose las entrañas. Me hice comunista por amor a la humanidad. Entonces desde el punto de vista de tener ideales solidarios, fraternales, de creer en una sociedad sin opresión, sigo siendo el mismo. En cambio si el comunismo es eso llamado “socialismo real”, entonces no. Porque lo viví de cerca. Vi morir a la Unión Soviética y de muerte natural.
-¿Se sorprendió entonces?
No, porque uno iba viendo el deterioro, la represión. Capaz que lo de hoy es todavía peor, en aquel régimen algunas cuestiones sociales estaban resueltas. Una vez, caminando por Moscú, una amiga periodista, que estudiaba, trabajaba y tenía su apartamento, me preguntó: ¿al final la vida es sólo esto? Yo le dije que no, pero que en nuestros países tener todo eso nos llevaba el 90% de la vida. 

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tarigo: "Alguien tenía que pegar cuatro tiros. Irnos callados, como se fueron en el 73, no"

Tarigo, democracia, UruguayEnrique Tarigo fue un verdadero héroe democrático por su rol decisivo en el triunfo del NO en el plebiscito de 1980. Ya retirado de la vida política, lo entrevisté cuando se cumplieron 20 años de aquel momento histórico. Una década después, lo que sigue es un fragmento de aquella entrevista:

-¿Cómo ve a Uruguay 20 años después del plebiscito de 1980?
-Veinte años después usted ve un país democrático funcionando, con las dificultades y los problemas inherentes a la vida colectiva. No fueron 20 años de maravilla, pero fueron 20 años de absoluta libertad, de democracia. No hay nadie que haya sido preso injustamente, castigado, torturado o destituido arbitrariamente.
-¿Cuál es la principal cosa que todavía no se logró en estos 20 años?
-Falta cultura democrática. Aprender a gobernar no es sencillo, comprender que hay cosas que no se hacen no porque los gobiernos sean malvados, sino porque son difíciles de hacer.
-Usted, al asumir como vicepresidente, dijo que se había comprado un revólver que guardaba en un cajón por si en algún momento tenía que defender la democracia. ¿Existía el riesgo real de un nuevo golpe?
-Había que decirlo. Habíamos conquistado algo y no estábamos dispuestos a perderlo porque sí. Alguien tenía que pararse un poco y decir que si volvían a insistir íbamos a pelear. Que no fuera tan fácil entrar al Parlamento y avasallarlo, que todos los diputados y senadores hagan su discurso y media hora antes de que lleguen los tanques se vayan para la casa. Alguien tenía que quedarse a enfrentarlos si volvía a pasar. Alguien que pegue cuatro tiros, aunque después le peguen 25. Irnos callados, como se fueron en el 73, no. El 1 de marzo de 1985 yo no estaba seguro de si duraríamos cinco años. Cualquier cosa que hiciéramos podía molestar a los militares. E hicimos muchas. La primera fue la Ley de Amnistía, el 8 de marzo. Ocho días después de instalado el gobierno democrático, amnistiar a todos los tupamaros presos era un desafío, una mojada de oreja. No sabíamos cómo podían reaccionar los militares.



Fragmento de una entrevista de Leonardo Habekorn a Enrique Tarigo (1927-2002), publicada en el suplemento Qué Pasa del diario El País, el 25 de noviembre de 2000.

martes, 2 de noviembre de 2010

Jaime Roos: de música, drogas y marketing

Jaime Roos, entrevista, música


En 1997 Jaime Roos anunciaba el comienzo de una nueva vida feliz, sin alcohol y sin drogas. Rechazaba las acusaciones de haberse dejado dominar por el marketing. Definía a Madonna y Michael Jackson como “basura comercial” y vaticinaba su progresivo ostracismo. Le realicé esta entrevista en su apartamento en la Ciudad Vieja cuando celebraba 20 años de carrera, horas antes de que subiera al escenario del teatro Solís para festejarlo con toda la pompa del caso. El extenso diálogo, del cual aquí se reproduce la mayor parte, se publicó el 7 de marzo de 1997 en la revista Tres.

-¿Cómo logró su independencia económica?
-Comencé a trabajar –a tocar- a los 15 años y empecé a ganar mi propio dinero. Ahí me pude comprar una remerita Lacoste trucha, un vaquero Lee trucho, pero que por lo menos se parecían a los originales. Cuando cumplí 21 años y trabajaba en un programa de televisión que se llamaba Coliseo Colifato y en varias obras de teatro, ganaba el equivalente a un salario. A esa edad fue cuando me fui a vivir a Europa.
-Hay quienes dicen que al empezar ya tenía un espíritu muy profesional.
-Tengo el respeto al dinero que tiene el sobreviviente. Siempre tuve la angustia de qué iba a comer la semana próxima, la angustia de quedarme sin techo. De mi viejo recibí la idea del respeto al trabajo y me hizo mucho bien, porque me permitió ir para adelante en ocasiones duras.
Ahora bien, de la misma forma en que yo respetaba el trabajo, siempre me gustó que respetaran el mío. Y me di cuenta que para eso, tenía que mostrar arriba del escenario el motivo por el cual me tenían que respetar. A mí siempre lo que más me interesó fue ser un artista. Y puse toda esa energía para ganar esa guerra. Y traté de hacerlo con todas las armas de que disponía: una de ellas es la disciplina profesional. Pero eso, a pesar de ser importante, es secundario. La brújula que guió siempre mi vida fue intentar producir arte. Sacrifiqué mucho para eso. La música para mí ha sido causa de mucho sufrimiento.
-¿Esos sacrificios incluyeron rupturas con su familia o con sus amigos por cuestiones de su carrera artística?
-No. Pero llevando adelante mis principios de arte tuve muchos enfrentamientos con músicos y gente del medio artístico.
-Ex músicos de sus bandas denuncian una especie de política utilitaria de su parte. Dicen que una vez que cumplieron su misión, se olvidó de ellos.
-Es típico de los divorcios. La mujer o el hombre despechado da su versión de los hechos. Yo nunca toqué con un músico a nivel utilitario, puesto que esta gente siempre estuvo de acuerdo en tocar conmigo. Por otro lado, nunca firmé contrato con un músico de por vida. Siempre quedó claro que el sistema de mis bandas funcionaba así: nos comprometíamos a tocar durante una temporada. Cuando termina, cualquier músico es libre de decir hasta luego. Y yo también.
Si alguien tiene la idea de que ha sido utilizado, pues realmente lo lamento mucho, jamás lo sentí así. Y agradezco además a todos los músicos que han tocado conmigo –o a casi todos-, por haber embellecido mis canciones, particularmente en las grabaciones.
-Otros dicen que el marketing mató su creatividad
-Conozco esas críticas y no las comparto. Creo que acá el ambiente artístico nunca entendió mi concepto de marketing. Son malos observadores. Y nunca quisieron aceptar que, si un disco mío se vende, es por porque a la gente le gusta la música que tiene dentro. El marketing es solo un apoyo para la música. Hay ciertos productos musicales que son inventos de marketing, pero no los míos. La gente cuando hoy, en la calle, canta Si me voy antes que vos –y lo digo sin ninguna falsa modestia- es porque le gusta la canción. Si yo no hubiera escrito Colombina o El hombre de la calle o Brindis por Pierrot… ¿de qué marketing me hablás? Como razonan estas personas, cualquier hijo caprichoso del dueño de un canal de televisión vendería miles de discos en Uruguay. Señores, ustedes que critican el marketing: hagan una canción como Si me voy antes que vos. Y después hablamos.
-Usted ha descalificado a otros artistas que también venden muchos discos y cuyas canciones también son cantadas en la calle por la gente: Julio Iglesias, Madonna, Michael Jackson…
-Es diferente. Los he criticado porque no los respeto artísticamente, porque son un producto diseñado por el marketing de la industria discográfica. La diferencia entre una canción buena que vende y una industrial que vende, es que la buena diez años después se va a seguir vendiendo y 20 años después va seguir formando parte del catálogo de la compañía. No creo que nadie en el futuro de la humanidad recuerde un tango cantado por Julio Iglesias. Y si me hablás de artistas de un mayor nivel musical, pero que siguen siendo basura comercial, como Madonna o Michael Jackson, apuesto botellas de vino a que si tenemos la suerte de vivir 20 años más, se va a poder comprobar que no va a haber ningún músico que los tome como referencia. Esa gente vende su carisma. En el caso de Madonna, buena actriz. En el caso de Jackson, buen bailarín. Ahora, musicalmente hablando, olvídalo.
Yo escribí Cometa de la farola hace 20 años y hoy los pibes de 15 y 20 años la canta, saltando, y se siguen comprando discos donde está esa canción. Esa ha sido mi pequeña batalla que por ahora le he ganado al tiempo.
-¿Los límites son tan claros entre los dos tipos de música?
-Hay zonas limítrofes que ponen a prueba el criterio de los mejores críticos musicales. Gloria Estefan hace un producto altamente comercial, pero que llega a momentos de gran arte. O los Bee Gees, que en algunas canciones trascienden esa frontera que les pone el comercio y el arte kitsch que practican, y llegan a puntos notables. Pero la frontera es clara: hay artistas que hacen algo y luego lo quieren vender, otros hacen las cosas pretendiendo venderlas de antemano. Esos son los equipos rivales.
-¿Y dónde se ubican músicos que en su país han conquistado un fervor enorme, como Roberto Carlos en Brasil?
-Me extraña que Chico Buarque y Caetano Veloso respeten tanto a Roberto Carlos. Artistas como él son más que nada mitos, como Sandro en Argentina, o como pudo ser Elvis Presley en Estados Unidos, a pesar de que tenía un nivel musical un poco mayor. Pero musicalmente los últimos años de su carrera son desastrosos. Son ídolos populares, pero esta idolatría no pasa por lo artístico. Y si alguien me quiere poner a mí en esa categoría, aquí en Uruguay, le digo que se equivoca (se ríe).
-Ha dicho que teme a la muerte por no creer en una fe concreta.
-La muerte me angustia no por morir sino por desaparecer. Ese nudo sigue igual, pero tengo una sensación de Dios. Me cuesta imaginarme todo este tinglado sin alguna explicación superior. Pero dudo mucho que exista una vida posterior a la muerte, directamente no creo en la reencarnación y la nueva onda new age me parece una fábula para adultos. Hasta que venga alguien y me demuestre lo contrario.
-¿Hay momentos en que quisiera tener menos obligaciones y más tiempo para lo que le gusta?
-Estoy en plan de cambiar mi vida. Lo necesito, así no puedo seguir. Pensé hacerlo en setiembre, pero me falló el intento. Pero el plan sigue intacto y sé que podré. No me refiero a dejar de hacer músico, sino a racionalizar el tiempo.
-¿Otras veces ha impuesto cambios radicales a su vida?
-Lo hice cuatro o cinco veces. Yo le llamo “prenderle fuego a la carpa”. Cuando me fui de Uruguay a los 21 años, me separé de mi novia, dejé mi casa, la facultad y me fui a Europa fue la primera. Llegué a París con 80 dólares. A las dos semanas estaba robando comida de los supermercados porque no podía comer, pero era el ser más feliz del mundo. Leía Trópico de Cáncer y me sentía el protagonista. Esa fue solo una de las veces.
-¿Cuando dejó el alcohol y la droga fue otra?
-Sí.
-¿Cómo fue?
-Corté de un día para el otro. Me lo marqué en mi agenda para seis meses después: el 3 de abril del 89 tenía que parar. Me daba cuenta de que antes no iba a poder. Consulté a un par de psiquiatras que me quisieron internar en una clínica. Finalmente decidí no hacer ningún tratamiento y arreglármelas solo. Y lo logré. Fue muy duro, pero también le prendí fuego a la carpa.
-¿Y qué pasó?
-Cambió mi vida completamente. Yo estaba desesperado, pero por suerte esa desesperación se tradujo en instinto de conservación. Y me hizo mucho bien. Se me aclaró la mente, el cuerpo, sentí el placer de estar sobrio, recuperé una serie de placeres familiares, vi como los que estaban a mi lado suspiraban aliviados, porque estaban muy preocupados. Mi salud mejoró y desde el punto de vista musical se redoblaron mis fuerzas. Yo no me hago trampas al solitario. Uno puede perder el instinto de conservación para siempre o por un tiempo, en mi caso felizmente fue por un tiempo. Tuve un par de años suicidas. Después me di cuenta de que quería vivir.

Entrevista de Leonardo Haberkorn. Publicada el 7 de marzo de 1997 en la revista Tres.
Prohibida su reproducción sin autorización del autor
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martes, 5 de octubre de 2010

Con Luca Prodan en el hotel Carrasco

Luca Prodan, Sumo, Montevideo Rock, Hotel Carrasco
La entrevista estaba fijada a las ocho o nueve de la mañana, una hora impropia para entrevistar a músico de rock. La cita era en el hotel Carrasco, donde estaban alojados muchos de los artistas que habían llegado para actuar en Montevideo Rock 1. Era una soleada mañana de noviembre de 1986 y hacía calor. Recuerdo haber ido a la entrevista sin desayunar y con la sospecha de que Luca Prodan y los otros integrantes de Sumo me dejarían plantado porque estarían durmiendo. Pero no fue así.
Yo no pensaba que aquella cita fuera especial. Conocía algunas canciones de Sumo pero no todas. Todavía no eran famosos. Las radios uruguayas pasaban sólo La rubia tarada y Los viejos vinagres. La rubia tarada me parecía genial, claro. Los viejos vinagres no.
A la entrevista bajaron Luca Prodan y el bajista Diego Arnedo. Nos sentamos en el bar del hotel. No recuerdo cómo estaba vestido Arnedo, pero Prodan llevaba una larga túnica blanca de algodón, y calzaba suecos. Parecía más un monje budista que un rockero.
Comenzamos hablando del hotel Carrasco, porque varios de músicos argentinos allí alojados estaban molestos con lo vetusto de sus instalaciones y pretendían cambiar de alojamiento.
“Las camas hacen ruido, es medio dark, pero a mí me gusta”, me dijo Luca Prodan. “Y no es por no estar acostumbrado a estos lugares. Mis padres tenían guita, cuando íbamos a algún lugar nos quedábamos en hoteles así. Es más lindo mirar al techo y ver esos vitrales en vez de una lamparita de última. Los de GIT se quieren cambiar de cuarto, pero ¿quiénes son? ¡¿Quiénes son?!”
Esa fue una constante en la entrevista. Luca Prodan no tenía pudor de referirse a sus colegas.
Le pregunté por qué Sumo había tenido tanto éxito ese año y respondió con un discurso anti-hippie lleno de alusiones personales.
“Porque la propuesta de Sumo es distinta”, me dijo. “Acá todos quieren ser muy afinados, pero ¿dónde está el corazón? ¿dónde lo tienen? Fito Páez es más o menos un melódico todavía, no es un aguerrido… nosotros hacemos un show que páááh y sin ser heavy metal, sin ser punk ni nada, solo con nuestra fuerza. Y eso pega porque la gente cambió. Antes les gustaba perderse en los ‘espacios siderales del amooooor’ y ser buuuenos tipos y en general era todo mentira. Nosotros no le damos nada de bola a todo eso, somos buenos tipos y listo. Y después hacemos la música que queremos”.
Y agregó: “Los chicos de ahora ya no escuchan a Nito Mestre y Serú Girán. Esos tipos ya no tocan, no los contratan. ¿Nito Mestre dónde toca?”.
Arnedo interrumpió para contar que todo había surgido de casualidad. Que Luca había llegado de Europa, que había reunido a músicos que no tocaban en público, que ni siquiera pretendía grabar un disco. Insistía en que habían trabajado mucho para llegar a ser reconocidos.
Prodan volvió a tomar la palabra. “Me parece que también tiene que ver con la edad. Yo empecé a cantar a los 27 años, no a los 19. Fito, que tiene 22, es un imberbe. A esa edad se la creen, piensan que son estrellas porque no saben, no vivieron. Yo estuve en la cárcel tres veces, aunque nunca le hice mal a nadie. También viajé en un yate por el Mediterráneo cada verano desde que era chico. Hice de todo. Estuve en todos lados. Yo viví, viví. Ahora no voy a creer que soy una ‘estrella de rock’”.
La calidez de la voz con acento italiano de Luca Prodan todavía se escucha en el cassette Silver Shadow, lo que no deja de ser un pequeño milagro. Varias veces en la entrevista se refirió a su historia personal, a su infancia y juventud en el seno de una familia millonaria y aristocrática en Europa, tal como ahora cuenta la película Luca, un documental sobre su vida. Pero en aquella mañana de 1986 Luca todavía no era una celebridad, su biografía no era conocida y sus cuentos me provocaban inquietud: ¿sería verdad todo lo que ese pelado me estaba diciendo?
“Yo fui al mejor colegio de Europa con el príncipe Carlos de Inglaterra. Ahí me di cuenta la mierda que es todo, me escapé y me puse más rebelde que un rebelde. Dejé todo. Si yo quería ahora estaba en Roma, en mi súper departamento, con el yate de mi padre y todo eso. Pero no quiero, no me gusta esa gente. Me gusta mucho más el barrio del mercado del Abasto y estar ahí con cualquiera. Yo soy amigo del almacenero, de gente más de verdad, no de estos que hacen windsurf oh oh oh, ¿qué cazzo me importa a mí el windsurf?”
El personaje parecía ser demasiado interesante para ser verdadero pero, sin embargo, no creía que ese pelado de túnica me estuviera mintiendo. En un momento Luca Prodan interrumpió la cantinela de Arnedo acerca del sacrificio que habían hecho para salir adelante y me dijo que Los viejos vinagres la habían compuesto con la mente puesta en lograr un éxito radial: “Nosotros vivimos de esto, así que necesitás adecuarte un poco a la situación comercial. Confieso que esa canción fue hecha con un poco de mentalidad comercial. Pero La rubia tarada no, esa la hicimos así, sin pensar”. Nunca había oído a un músico referirse con tal sinceridad a uno de sus éxitos.
“Nosotros –siguió Luca- no somos el conjunto-de-rock-reloco-reinteligente-y-con-todas-las-minas. Hay muchos músicos que no son músicos, que solo quieren levantar minas, ser famosos y salir en el diario. El rock está lleno de boludos. Y hablando de boludos, mirá quién viene…”
En el bar del hotel apareció un ser extraño, muy alto y con una barba larguísima dividida en dos mitades que se prolongaban casi hasta su abdomen. Era un desconocido llamado Roberto Petinatto, saxofonista de Sumo. Luca lo presentó: “Él es el más inteligente y el más idiota de Sumo. Es el más arrogante, pero también es el que tiene más sentido del humor, muy irónico y sarcástico”.
Petinatto se sentó al piano del bar del hotel Carrasco y comenzó a improvisar. El resto de la entrevista quedó registrada en el Silver Shadow con la música de Petinatto de fondo.
Prodan miró a Arnedo y dijo: “Él es el mejor músico de Sumo. Se toca todo”. “Gracias”, respondió con timidez el bajista.
Le pregunté si quería volver a Europa. “Yo viví toda una época muy buena allá. Los jóvenes decíamos ‘vamos a cambiar todo’, pero después nos dimos cuenta que no íbamos a cambiar nada ni con la política, el rock, ni las drogas. Hace dos años y medio volví a Italia e Inglaterra y estaban todos haciendo guita y comprando un televisor más grande. Me puso bastante mal. Después está el otro lado de la moneda: los otros, los ex rebeldes, los que se desilusionaron con la propuesta del 68 cayeron en la heroína. Y se mueren como moscas”.
Me dijo que su hermana había muerto por ser heroinómana. “Yo llegué acá escapando de la heroína. No quiero volver. Si vuelvo es para tocar y para estar un rato en un lugar lindo y comer un buena comida. Y hablando de comida…”
Luca dio por terminada la entrevista y preguntó dónde podía comer mariscos. Todavía no era mediodía, pero quería que le indicara algún restaurante. Salimos a la calle. En la entrevista Luca me había dicho que se vestía con su look tan extraño para “hacerle entender a esos boludos que podés ser distinto y ser una buena persona”. No sé si la gente que lo miró con ojos desorbitados aquella mañana en Carrasco habrá captado el mensaje.
Cuando pasamos por la puerta del café Arocena, Prodan quiso entrar. Le dije que allí no se había servido ni se serviría jamás un plato de mariscos, pero él entró igual y se paró frente al mostrador, ante la mirada curiosa de los presentes. “Dos ginebras”, pidió. Las sirvieron y él bebió la suya de un sorbo. Tuve que hacer lo mismo.
Nunca en mi vida repetí ese tipo de desayuno. Él seguro que sí. Apenas viviría un año más.
Dejé a Luca Prodan en la puerta del restaurante García. Esa noche Sumo actuó en Montevideo Rock 1 y comprobé que el pelado de túnica no me había mentido. Cuando la actuación terminó, sentí qué había sido afortunado esa mañana. Y guardé el Silver Shadow como si fuera un tesoro.


Entrevista de Leonardo Haberkorn.
Esta crónica se publicó en la revista Freeway en mayo de 2007. La entrevista original con Luca Prodan, en formato pregunta y respuesta, se publicó en el semanario Aquí el 12 de enero de 1988.
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Audio original:

viernes, 1 de octubre de 2010

Roberto Canessa: la vida sin anestesia

Canessa, Milagro de los Andes, Tragedia de los Andes
Políticamente incorrecto, Canessa sostiene que mucha gente pobre no se esfuerza, que el confort anestesia y que haber comido a los muertos no fue lo que lo salvó en los Andes. La entrevista se publicó en la revista chilena Veinte Mundos.

El mundo entero conoce la historia. Un avión se estrelló en los Andes el 13 de octubre de 1972. El vuelo había sido fletado por un equipo de rugby de Uruguay que viajaba a Chile para jugar un partido. A bordo iban 45 personas, pero no todas murieron en el choque. Perdidos en medio de la cordillera helada, a miles de metros de altura y a 30 grados bajo cero, los sobrevivientes resistieron. Cuando se terminó la poca comida que tenían, para no morir debieron comer la carne de los que ya habían muerto. Dos meses después del accidente, perdida toda esperanza de ser rescatados, dos de ellos -Fernando Parrado y Roberto Canessa- emprendieron la imposible tarea de cruzar los Andes a pie, sin saber nada de montañismo y sin ningún equipo para escalar. Treparon, caminaron, escalaron, cayeron y se levantaron durante diez días. Al fin, contra toda lógica, lo lograron. Gracias a Canessa y Parrado, 16 jóvenes fueron rescatados con vida de aquella odisea.
Roberto Canessa es hoy un cardiólogo infantil que ganó tres veces el Premio Nacional de Medicina de Uruguay. Lleva una vida intensa que no desmiente el coraje exhibido en la montaña.
-¿De dónde sacó fuerzas para atravesar la cordillera?
-De mi compromiso de no causarle a mi madre el dolor de tener que llorar un hijo muerto. No se lo merecía.
-¿Y de dónde saca fuerzas la gente cuando debe enfrentar una situación que la supera?
-Lo más habitual es el temor a la muerte. Pero a veces son tan insoportables las condiciones de la vida, que el temor a la muerte se ve sobrepasado. Entonces tenés que buscar algo por encima tuyo que te lleve a seguir luchando. Eso lo estudió Viktor Frankl, el psicólogo que sobrevivió a los campos de concentración nazis.
-¿Nunca pensó que era mejor morir en la cordillera?
- No. Morir allí era fácil, bastaba solo con aflojar los brazos. Pero nunca lo pensé así. En todo caso, pensé en morir caminando, en la demanda. No me gusta salir de la cancha antes de que termine el partido.
-Fue el primero que propuso comer la carne de los muertos. ¿Alguien se lo reprochó alguna vez?
-No. Mucha gente decía que ellos no lo habrían podido hacer, y me parece bien, porque si no estás ahí no lo podés entender. Es increíble que eso sea lo que le llama más la atención a la gente. Dicen que nos salvamos porque nos comimos a los muertos. Pero cuando los comimos quedamos en el mismo lugar, no nos acercamos ni un centímetro a la civilización. Nosotros nos salvamos porque tuvimos la suerte, la alegría, la osadía, la valentía, como quieras llamarlo, de lograr salir. En mi caso, sentí la ayuda de Dios, creía mucho en él, y estuve rodeado de un grupo que me dio la confianza para salir adelante.
-Lo que ustedes consiguieron es inspiración para miles de personas en todo el mundo. ¿Qué historias o figuras públicas lo inspiran a usted?
-Los músicos. Esa capacidad de los artistas de ver más allá me fascina, me transporta, me saca de los estados de ánimo, me lleva de lo mediocre a lo sublime. También los deportistas. Y la nobleza y generosidad de la gente humilde. Creo que el confort te anestesia.
-Pero usted nació en una familia acomodada, vive en un barrio rico. ¿El confort no lo anestesió?
-Mi mujer dice que yo me flagelo cuando hago deporte, cuando voy al campo y me pongo a hacer un pozo bajo el sol. Me gusta vivir intensamente. Yo busco la esencia de la vida, y el confort te la oculta. Es cierto, me pesa un poco haber nacido con recursos. Por eso creo que tengo la obligación de dar mucho más que la gente normal. Y eso lo logro a través de la medicina. Me doy cuenta de que le doy más a la sociedad de lo que puede dar una persona muy humilde, muy pobre. Por eso me siento mejor que ellas a veces, porque veo que esas personas no se esfuerzan.
-Siendo tan joven y considerado un héroe mundial, ¿cómo no se perdió?
-Porque entré a la Facultad de Medicina. Si yo había luchado por salir de la montaña y volver a mi casa, ¿por qué iba a cambiar mi sueño de ser médico? El súper hombre que me atribuía mucha gente, y que les quedaba cómodo porque les servía de inspiración, yo sabía que no era verdad. En la facultad al principio casi pierdo los exámenes, y eso me centró. Lo traté de aplicar a todo en mi vida: saber dónde está mi límite y saber que es un límite normal. Porque lo que sirve es el esfuerzo. Verlaine decía “la gloire c´est la merde”. Y tiene toda la razón. Quedarse en la posición de “soy un héroe” me parece lamentable, deprimente, muy triste. La vanidad es algo terrible.
- ¿Por qué eligió la cardiología infantil dentro de la medicina?
-Mi padre era cardiólogo. Al principio traté de tener una identidad propia como médico, pero luego sentí que si hacía cardiología con mi padre tenía la oportunidad de hacer cosas muy buenas. Después vi que se comenzaba a estudiar el corazón de los niños, era una ciencia nueva. Y fui creciendo con esa disciplina. Cuando me invitaban a España a dar una conferencia sobre los Andes, yo iba a los hospitales para ver cómo trabajaban en cardiología infantil. Así fui aprendiendo y conociendo muchos profesores. No faltó quien me dijera: vos sos muy famoso por lo de los Andes, pero en la medicina no te conoce nadie. Era un nuevo desafío. Yo pensaba, si fui capaz de salir adelante en los Andes, saldré adelante en esto también.
-En el libro Milagro en los Andes, Parrado cuenta como usted se fue sin recursos a Nueva York para traer a Uruguay un costoso equipo de cardiología infantil.
-El profesor Itzhak Kronson de Nueva York donó un aparato que era un gran avance para Uruguay. Yo fui, pero no tenía dinero para traerlo. De todos modos, decidí tomar el equipo y acercarlo hasta donde pudiera. Me cobraban 2.000 dólares solo por llevarlo al aeropuerto. En la calle vi un camión que decía “Pitón Argentina”. Lo paré y era un ex boxeador mendocino. Le dije que tenía que llevar al aeropuerto un aparato de cardiología para niños donado a Uruguay. Me dijo que me cobraba 300 dólares. Le dije que sí. Fuimos al aeropuerto diez horas antes de la salida del vuelo y les dije a los de Pan American que tenía que traer ese equipo, que era muy importante. Lo llevamos por unos ascensores, el mendocino Pitón hacía una fuerza brutal. Y cuando llegamos a Uruguay le pedí al director de Aduanas que me ayudara, que dejara pasar el equipo. Después dormí tres días seguidos, estaba totalmente agotado. Pero lo genial fue cuando lo enchufé y anduvo.
-¿Qué lo llevó a ser candidato a presidente en 1994?
-La gente decía que no había nadie a quien votar, y me pareció bueno usar la fama de los Andes al servicio de un movimiento nuevo. Pero descubrí que hay una relación perversa entre los políticos y la gente: los mismos que los critican son los que después les piden favores. Son ellos los que los corrompen. Y si uno no acepta esos códigos, no progresa en política.
-Su discurso también chocaba a mucha gente. Usted decía que los uruguayos se quejan pero que acá nadie pasa hambre de verdad.
-Así es. Hambre es cuando no hay nada para comer. Pero a veces la gente no está pronta para que les digas ciertas cosas. Todo tiene que ser políticamente correcto. Yo también decía que no me importa que los ranchos sean de barro mientras tengan computadora: quería apostar a la inteligencia. La gente se detiene en el consumo, el zapato de marca, se deslumbran con la burguesía. Persiguen lo que no es importante. Lo importante es el progreso de la mente, la inteligencia, los principios y los valores. Nadie es más que nadie si no hace más que nadie. Son las acciones las que cuentan.
-Usted dice que la cordillera le dejó algunas certidumbres respecto a cuáles son los principales valores. ¿Cuáles son?
-La honestidad, el coraje, la tenacidad, la inteligencia.
-¿La fe?
-La confianza. Son las cualidades al servicio de los valores y los principios éticos. Y una gran dosis de alegría de vivir. Lo importante es que cada noche puedas acostarte en paz.

Entrevista de Leonardo Haberkorn
Publicada en la revista digital chilena Veinte Mundos, en mayo de 2010
Prohibida su reproducción sin autorización del autor
el.informante.blog@gmail.com

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Günter Wallraff: El francotirador

Wallraff, Cabeza de turco, racismo, Alemania, periodismo
A fines de 1989, tras mucho intentarlo y perseguirlo, pude entrevistar al genial periodista alemán Günter Wallraff, en su casa de la ciudad de Colonia (Koln). Su reciente libro Cabeza de Turco había provocado un impacto mundial. Durante dos años había vivido disfrazado como turco en la próspera Alemania para contar cómo era la vida que llevaban los inmigrantes. La entrevista se publicó en la edición de marzo de 1990 en la revista Punto y Aparte.



"Yo no era un turco auténtico, eso es cierto. Pero hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar y fingir para averiguar la verdad.
Günter Wallraff". Fragmento de Cabeza de Turco


El tren atravesó Duisburg sin detenerse. Con puntualidad europea, llegaría en pocos minutos a Colonia, donde vive Günter Wallraff.
No había sido fácil concretar la entrevista. Las amenazas, los juicios que sucedieron la publicación de Cabeza de Turco, han hecho del paradero de Wallraff un secreto bien guardado. Sus editores se niegan a dar su teléfono, su dirección o cualquier otra pista.
“Usted llevará un diario holandés. Yo tendré una edición en español de Cabeza de Turco. Nos encontraremos en la puerta principal de la Estación Central, al lado de una gran librería”, dijo el camaleón cuando por fin lo ubiqué.
En los andenes de la estación de Duisburg la gente miró indiferente el paso del ferrocarril. Cuando Wallraff no fue Wallraff estuvo allí y encontró un graffitti para su libro: “Dejen de experimentar con animales… para eso están los turcos”.

"Entre nosotros, en nuestra democracia, se da una parcela de apartheid. Mis vivencias han superado, en un sentido negativo, todas mis expectativas".
Fragmento de Cabeza de Turco



El encuentro se cumplió tal como estaba previsto, aunque Wallraff llegó algo, apenas, retrasado. Lo acompañaba un periodista sueco, director de un diario de Estocolmo. El nórdico llevaba una cámara y no paraba de fotografiar al alemán. Wallraff, de lentes, posaba con su pelo muy corto, jeans y buzo gris oscuro, championes negros y campera negra. Por alguna razón, sus ropas de rockero dark no lucen anacrónicas pese a sus 46 años.
Ya en casa Wallraff atiende a su colega y amigo sueco. Con una taza de café espero en su biblioteca. Es una gran sala pintada de blanco. Una pared entera está ocupada por sus libros, ordenados en nueve grandes estantes. Los tres de arriba están dedicados a las diferentes traducciones de su obra. Cabeza de Turco ha sido editado en 22 lenguas. Los otros seis estantes contienen una selección variada, rigurosamente ordenada por orden alfabético. Desde Bukowski a García Márquez, pasando por las Memorias del fuego de Galeano.
Entre los libros está el trofeo que la BBC otorgó a la película que se filmó sobre su investigación acerca de los turcos: “Lowest of the low, mejor film extranjero 1987”. Hay también una pequeña fotografía de Alí Sinirglioglu, un turco que se arrastró lowest of the low durante dos años y que hoy ni ha muerto ni existe.
La charla de Wallraff con Arne Ruth, director del Dagens Nyleeter, finaliza y el camaleón se disculpa diciendo que no le queda más tiempo. “Podríamos hacer la entrevista mientras almorzamos en un restorán griego, acá a la vuelta”, sugiere.
Wallraff encarga comida helénica y cerveza para todos. En uno de sus anteriores personajes ya estuvo en Grecia, preso.

“Se encadenó a una verja en Atenas pidiendo libertades para el pueblo porque quería conocer cómo era la represión en la Grecia de la dictadura militar; y el papel le salió tan bien que fue detenido, torturado, y pasó tres meses en la cárcel”.
Rosa Montero, en el prólogo de la edición española de Cabeza de Turco


Wallraff se levanta de la mesa cada cinco minutos para hablar por teléfono. Se muestra, además, como un buen bebedor de cerveza. El sueco, que domina el alemán, ayuda en la traducción. El camaleón no se distingue por su buen inglés.
-¿Cómo se sentía siendo torturado en Grecia? ¿Feliz por estar logrando lo que se había impuesto como periodista?
-Bueno, yo sabía a lo que me exponía. Fui preparado y llevé conmigo algunas medicinas para reducir el dolor. Pero, sí, de todos modos allí me sentía como una especie de Cristo.
-¿De Cristo?
-Sí, de Cristo.
-¿Es católico?
-No. Más bien me veo como una especie de budista, que ve a Dios reflejado en todas las cosas. Pero no, no soy miembro de la Iglesia. No en este país.

“Asumió la personalidad de un fabricante de napalm, católico y con escrúpulos de conciencia, y en calidad de tal preguntó a 11 sacerdotes y obispos si podía continuar con su trabajo o si éste era intrínsecamente inmoral: y todos le aconsejaron que siguiera”.
Rosa Montero, opus cit.


-¿La decisión de cambiar de personalidad es simultánea a la decisión de escribir?
-No. Yo trabajaba en la misma fábrica en que lo hacía mi padre. En 1963 fui llamado a prestar el servicio militar y me negué. Mi condición de objetor de conciencia no fue reconocida y me internaron en un hospital psiquiátrico. Allí comencé a escribir unos diarios que más tarde serían publicados.
-¿Y ahora se considera un actor, un periodista o un escritor?
-No soy un buen actor. Soy un buen médium, un intermediario, un oyente. Me gusta introducirme entre la gente y escuchar las cosas de las que hablan normalmente, que no son las mismas que cuando se les pone un micrófono delante. Un actor trabaja con situaciones creadas por alguien. Yo trabajo con la realidad, y trato de modificarla, de influir en ella. Quizás mi trabajo sea más parecido al de un director de una obra que al de los actores.
-¿Cómo puede cortar los vínculos con su familia y amigos durante períodos tan largos?
-Bueno, algún tipo de contacto mantengo. Pero son verdaderamente muy escasos mientras estoy en un rol. Ellos tienen que tener paciencia, y esperar que yo vuelva. Mientras fui Alí iba a mi casa solo como una visita ocasional.
-¿Cuándo decidió realizar esta última transformación?
-Hace diez años, durante una huelga en la fábrica Ford, conocí a unos operarios turcos y vi sus condiciones de trabajo. Entonces decidí hacer algo al respecto. Desde entonces el problema de los inmigrantes y el racismo han crecido. La atmósfera respecto a los extranjeros se ha enrarecido en Alemania Federal. Hoy es una realidad palpable en este mismo barrio de Colonia. Ha habido casos muy dramáticos en los que los extranjeros se han llegado a suicidar.

“…bajo las peores condiciones de formación de polvo, tenemos que levantar —sin máscaras— el polvo de hierro encostrado. Tendidos de lado en el suelo, reptamos por los intestinos de la máquina entre constantes insultos. El fragor de los atronadores aparatos de aire comprimido retumba en los angostos pasadizos de acero y se mete dolorosamente en los oídos. Los dispositivos para proteger los oídos son aquí todavía desconocidos. Los ojos escuecen y todos, a cual más, moquean, tosen y resoplan. Es el infierno. Más adelante me cuenta Mehmet que, en situaciones como ésas, uno prefiere pasarse meses en la cárcel antes que tener que soportar una cosa así unas horas. En semejantes situaciones se dedica uno a imaginar para Adler las peores formas de muerte e incluso se llega a tomar la decisión de jugárselo todo a una carta y lanzarse a desvalijar una casa o incluso atracar un banco.(…) Las rodillas, a pesar de los pantalones de trabajo, han llegado a sangrar por las rozaduras, y los guantes de trabajo se han desgarrado. No hay manera de que el transbordador quede desatascado. Se hacen la una, las dos, las tres. Nos vemos obligados a golpear como locos con nuestros pesados aparatos y a tragarnos toda clase de partículas (…)
Yüksel se atreve a implorar una máscara antipolvo al capitoste de Thyssen, el cual responde impasible: «De eso aquí no tenemos. ¡Lo que debéis hacer, maldita sea, es terminar de una vez!». A las 18,15, al cabo de doce horas, concluye para nosotros ese turno asesino. Ya en la furgoneta, y sentados en incómodas posturas sobre las herramientas, la mayoría presa del agotamiento, comenzamos a dar cabezadas de sueño. En lo que a mí (Alí) respecta, desde la realización de esta tarea tengo los bronquios dañados de forma casi crónica. Y aún hoy en día —seis meses más tarde— cada vez que escupo tras un acceso de tos, la saliva sigue siendo negra".
Fragmento de Cabeza de Turco


-Cuando comenzó a ser Alí, ¿esperaba encontrar una realidad tan dura como la que le tocó vivir?
-No. Esperaba sí encontrar problemas, porque sabía que los turcos los tenían. Pero a medida que fui investigando fui descubriendo que los problemas no eran los que yo suponía. Nunca imaginé encontrar una sujeción psicológica tan fuerte, mayor aún que la explotación económica.

"Resulta doloroso comprobar cómo en el autobús repleto permanece vacío el asiento contiguo al que uno ocupa".
Fragmento de Cabeza de Turco


-El racismo y la xenofobia han crecido últimamente en Europa. Sin embargo, el fenómeno resulta más preocupante en Alemania, por lo reciente del genocidio judío.
-Es cierto que nuestra historia le da una especial gravedad a lo que aquí sucede con los turcos. Pero es un problema de toda Europa. Los árabes la pasan muy mal en Francia. Incluso los turcos la pasan aún peor en Gran Bretaña que en Alemania. Creo que el mayor problema es que las personas no racistas, las que no tienen prejuicios contra los extranjeros, no tienen el coraje cívico para enfrentar estas situaciones. Por otra parte, la mayoría de la población tiene contactos muy escasos con los inmigrantes.

“Yo (Alí): Quieres decir que el Estado mejor entonces que ahora...
Alfred: Era una dictadura total, pero para mí era mejor que lo que hay hoy, este montón de cerdos con los que estoy.
Yo (Alí): Oye, ¿por qué vosotros asesinado judíos todos?
Udo (queriendo actuar como apuntador de Alfred): Porque eran extranjeros".
Diálogo entre Alí (Wallraff) y dos compañeros de trabajo alemanes sobre la época nazi. En Cabeza de Turco.


-¿Cree que Alemania ha aprendido la lección del racismo?
-La generación que vivió durante la Segunda Guerra Mundial está muriendo, o vive en posiciones muy lejanas al poder. Existe una tendencia a no estudiar lo sucedido en aquel período. Aquellos que se opusieron en Alemania al nacionalsocialismo, los comunistas, los izquierdistas, los obreros, nunca fueron verdaderamente rehabilitados. No se ha reconocido el papel que en aquel momento jugó la oposición. Y eso es también parte del problema. Es necesario saberlo para intentar comprender lo que hoy sucede.

"Alfred, especie de portavoz de los alemanes, interviene furioso en un descanso, porque los compañeros turcos hablan entre sí en turco: «A ver si hacéis el favor de hablar alemán, si es que tenéis algo que decir. En Alemania todavía se habla un alemán decente. Cuando volváis a casa, y ojalá que eso suceda pronto, podréis hablar todo el tiempo que queráis vuestro idioma de mierda, allí, en el culo del mundo, que es lo vuestro»".
Fragmento de Cabeza de Turco


"Mejor ser un cerdo SS que un cerdo turco. Nunca ha habido mejor alemán que Adolf Hitler"
Graffitti en un baño de la empresa Thyssen, donde trabajó Alí

-¿Cree entonces que todo puede volver a repetirse?
-La historia nunca se repite a sí misma. Hay tendencias similares, pero no volverá a suceder tal como ocurrió en la Segunda Guerra.
-¿Cuál fue la reacción de la opinión pública alemana luego de la aparición del libro?
-El primer efecto fue de shock. Se realizaron grandes discusiones públicas. Incluso el asunto llegó al Parlamento. Los sindicatos, los socialdemócratas y los verdes pretendieron prohibir a las empresas denunciadas la contratación de mano de obra extranjera. Estas demandas llegaron al gobierno, pero las leyes vigentes hicieron imposible su concreción. Hay que reconocer que pese a la repercusión del libro, las estructuras generales se mantuvieron intactas. Sin embargo hubo algunos avances concretos: las grandes compañías como Thyssen dejaron de forzar a sus trabajadores a realizar jornadas de 16 horas. También aumentaron los controles sobre las normas de salud y seguridad de los obreros.

"Al tercer día de trabajo, tras las tareas en la freidora, la plancha y la barra, yo (Alí) me convierto en un eficiente y avezado «oficial de lunch»: mi cometido consiste en retirar envoltorios y restos de comida de las mesas y en limpiarlas pasándoles un trapo. Aquí se trabaja con dos trapos, uno para el tablero de las mesas y otro para los ceniceros. Pero a menudo, con las prisas que se nos imponen, ya no es posible distinguir un trapo de otro, aunque ello no molesta a nadie, dado que con frecuencia hay que limpiar también los retretes con el mismo trapo".
Alí en la hamburguesería Mc Donald´s de Hamburgo, relatado en Cabeza de Turco


-¿Cree que un periodista puede enfrentar con éxito los grandes problemas de nuestra sociedad?
-Siempre hay que trabajar más. Insistir. Permanecer como guardián de lo que uno ha descubierto, para que se reconozca como cierto. El hecho de que las grandes compañías denunciadas en el libro, como Thyssen o Mc Donald´s hayan perdido todos los juicios que iniciaron en mi contra ha reforzado, en este caso, la verdad de la denuncias. Han debido pagar cifras millonarias, los fallos no fueron meramente simbólicos. Ellos han comprendido que los riesgos que corren son grandes, y han aumentado sus cuidados. Y se ha demostrado que escribiendo todavía se puede hacer algo.
-Usted observó los problemas de los inmigrantes turcos y dedicó dos años de su vida a investigarlos. ¿Qué otros asuntos le preocupan?
-El mayor problema de nuestra sociedad es que día a día se agranda la brecha entre ricos y pobres. Cada día los ricos controlan una porción mayor de la economía, mientras que los pobres acentúan su dependencia y sobreviven. Lo que hoy sucede en Europa es que dos tercios de la población vive muy bien, mientras que el tercio restante está sumergido. En Alemania eso se verá agravado con el flujo de inmigrantes de Alemania Oriental. Y todo ello ha sido muy bien capitalizado por el Partido Republicano, ultraderechista, que ha captado hasta el 20% de los votos en algunas regiones, denunciando estas desigualdades.
-¿Piensa de dedicarle a ello su próximo rol?
-No. Pero estoy colaborando con algunos periodistas jóvenes que utilizan mi método para que sean ellos quienes lo hagan.
-¿Ha hecho escuela?
-En Alemania muy poco. En otros países, sí.
(Interviene el periodista sueco)
-En Suecia “wallraff” se utiliza como verbo, para designar la acción de disfrazarse para hacer periodismo.

El camaleón se levanta nuevamente para hablar por teléfono y la entrevista se interrumpe. Los clientes habituales del restorán lo reconocen y lo saludan. Uno se acerca a sus espaldas y le apoya el dedo índice en la espalda, simulando un revólver:
-¡Queda detenido en nombre de la ley!
Wallraff vuelve y pide más cerveza.
-¿Está casado?
-Sí… digo, no. (Se ríe). Estaba.
-¿Cuando comenzó su vida de turco aún lo estaba?
-Sí.
-¿Qué le dijo su esposa cuando le anunció que durante dos años dejaría de ser Wallraff para ser un inmigrante?
-Fue un gran problema. Durante esos dos años yo solo podía visitarla en forma ocasional. No es fácil hacer este tipo de trabajo cuando se vive con otra persona. Durante el período en que fui Alí tuvimos una hija. Al igual que a mi esposa, yo solo podía verla en forma muy esporádica. La situación se volvió muy difícil y la distancia con mi mujer se agrandó. Ella me pidió que cambiara mi modo de trabajar. Me dijo que mientras fui Alí había vivido el peor momento de su vida. Quería que Alí fuera el último rol que adoptara. Pero no había elección posible. (Abre bien sus grandes ojos). Yo no podía aceptar sus deseos. Vivir en un rol me hace sentir más auténtico, más yo mismo. Más intensamente yo.
-¿Cómo es posible sentirse más uno mismo viviendo la vida de otro?
-La vida que puedo llevar ahora que soy un escritor famoso, un autor reconocido, es más ficticia que la llevo cuando me interno en uno de mis personajes de supuesta ficción. Porque como autor debo vivir de acuerdo a als expectativas que se tienen acerca del comportamiento de un escritor. La gente se comporta demasiado amigablemente y con demasiado respeto frente a alguien famoso. Y para escapar de ello debo sumergirme en otros roles y otras situaciones.

"Alí expone su problema. Como consecuencia de su trabajo en la industria elaboradora del amianto (fábricas Jurid) ha contraído cáncer bronquial y pulmonar. El médico le ha dicho francamente que morirá sin remedio dentro de dos meses. Su presencia aquí obedece al deseo de arreglar el asunto del ataúd y de su traslado a Turquía. (…) La mujer de las pompas fúnebres ni siquiera pregunta cómo se encuentra (…)
La mujer: En lo tocante al traslado por vía aérea, depende también de cuánto pese usted. El ataúd tiene que ir dentro de una caja de transporte y se pesa todo junto. El precio se fija en función del peso y del lugar de destino...
Yo (Alí): Ser lejos en la Turquía, montañas de Rasgar junto frontera rusa.
La mujer: Todo dependerá, probablemente, de si el viaje es por carretera o por avión. Desde luego, tendremos que llevarle al aeropuerto y luego ir a buscarle de nuevo al aeropuerto, pues de lo contrario se quedaría usted allí. Y si hacemos el viaje de un tirón le podemos llevar directamente al lugar del enterramiento... ¿Cómo está usted registrado en el Seguro de Enfermedad?
Yo (Alí): Normal.
La mujer: ¿Cómo trabajador o como pensionista?
Yo (Alí): Estar enfermo más de un año.
La mujer: ¿Ha trabajado últimamente y después se puso enfermo?
Yo (Alí): Sí, en fábrica de amianto, no a mí dar máscara ninguna...
La mujer (interrumpiéndome con enojo): Eso aquí no viene al caso".
Fragmento de Cabeza de Turco


-¿Cuál será su próximo rol?
-Estoy preparando un nuevo cambio de identidad, también de bien abajo, bien sumergido. La situación será distinta, pero de algún modo estará vinculada a la anterior. No puedo decir nada más, ni dar detalles. Sería imposible hacerlo si la gente supiera de antemano de qué se trata. Será un trabajo difícil. Pero en ello va la posibilidad de conocer gente nueva, de hacer nuevos amigos, y de vivir de cerca sus experiencias. La gente pobre, la que debe luchar para sobrevivir, es más natural y amistosa que la de las clases altas. Me siento mejor con ellos. Mis verdaderos problemas no ocurren mientras vivo en un rol, sino cuando escribo lo que viví en él. Es entonces cuando comienzan a atacarme y debo sobrevivir a situaciones terribles. Y es en esos momentos cuando deseo estar nuevamente en un rol, con todas sus grandes dificultades, que son mucho más normales que mi supuesta vida normal. El rol es una protección en la que quiero siempre permanecer porque sé lo que viene después.
-¿Quiere decir que lo hará una y otra y otra vez?
-Sí. No tengo opción. (Los ojos le brillan). Es un instinto muy fuerte el que me obliga a continuar. Es una búsqueda. Es una droga que necesito para sobrevivir. La segunda dosis tiene que ser mayor que la primera. Es el aire que respiro. Y sin aire no podría vivir.

Entrevista de Leonardo Haberkorn
Publicada en la edición de marzo de 1990 de la revista Punto y Aparte
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.
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Periodista. Trabajó en medios de prensa de su país (Punto y Aparte, Búsqueda, Tres, Plan B, El Espectador, entre otros). Fundó y dirigió entre 2000 y 2006 el suplemento Qué Pasa del diario El País. Publicó en revistas internacionales como Gatopardo (Colombia-México), Etiqueta Negra (Perú) e Internazionale (Italia), entre otras. Ha sido incluido en antologías de periodismo narrativo publicadas en Chile, México, España e Inglaterra, incluyendo "Antología de crónica actual latinoamericana" (Madrid, 2012). Publicó 12 libros. Entre ellos "Historias tupamaras", "Crónicas de sangre, sudor y lágrimas" y “Milicos y tupas”, que ganó en 2011 el premio Bartolomé Hidalgo. Su libro más reciente es "Gavazzo. Sin piedad". Es coautor de "Relato oculto: las desmemorias de Víctor Hugo Morales". Hoy trabaja como corresponsal en Uruguay de la agencia de noticias Associated Press (AP).
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