viernes, 27 de abril de 2012

Gerardo Caetano: los disparates del Bicentenario

Uruguay celebró en 2011 el “Bicentenario del Proceso de Emancipación Oriental”, tal como lo definió la web oficial, con abundante inflación de mayúsculas. La fecha fue controvertida. Algunos señalaron que si lo que festejamos es el inicio de la revolución contra el poder español, la fecha elegida debió ser 2010, cuando el bicentenario de la Revolución de Mayo. En aquellos años la Provincia Oriental era una más del Virreinato del Río de la Plata, y fue la revolución criolla en Buenos Aires la que trajo la revuelta meses después a esta orilla del río. Otros hicieron notar que si lo que estamos celebrando es el bicentenario del Uruguay como país independiente (el logotipo oficial de los festejos dice “Uruguay Bicentenario 1811-2011”) se debió haber esperado al 2025, 2028 o 2030, según la fecha en la que se considere que Uruguay nació a la vida independiente. El historiador y politólogo GerardoCaetano, una de las voces más respetadas en esta materia, piensa que la celebración ha estado rodeada de muchos equívocos, disparates incluso, que no ha contribuido a que los uruguayos conozcamos mejor nuestra historia y que, de tanto mitificar nuestro relato histórico, hoy nos estamos perdiendo la mejor parte.
Caetano, bicentenario, Uruguay
“Lo estamos haciendo peor que hace cien años”, afirmó el historiador y politólogo Gerardo Caetano sobre los actuales festejos del Bicentenario. Lo dijo durante la Feria del Libro, el 7 de octubre pasado en una enmudecida y repleta sala de la Intendencia de Montevideo. En esa oportunidad, Caetano se refirió en duros términos a la celebración organizada por el gobierno y a la confusión reinante entre los uruguayos respecto a nuestra propia historia.
“Creo que el centenario, en medio de muchos disparates y muchos dislates, tuvo mucho más rigor conceptual. Mucho más. Por ejemplo, en 1911 a nadie se le ocurrió decir que Uruguay cumplía 100 años. Y a nadie se le ocurrió que se celebraba el centenario del ejército nacional. Porque no hay un vínculo entre el Ejército y la montonera que peleó en Las Piedras, pero hoy hay quienes creen que el ejército uruguayo tiene 200 años”.
Caetano señaló que “es insostenible que el Uruguay celebre el bicentenario de su nacimiento como nación. Y que esto pueda provocar escándalo, realmente, habla muy mal de nosotros”.
El historiador fue especialmente duro con el manejo de los temas históricos que realizó el ex presidente Tabaré Vázquez.
“Al presidente se le ocurrió que en los feriados no haya actos oficiales. Luego dijo: ‘Que haya solo una fecha nacional, como pasa en los otros países’. Yo no conozco países donde haya solo una fecha nacional. ¡No conozco! Pero además después eligió: ¡Y que la fecha nacional sea el 19 de junio! ¡El natalicio de Artigas! Lo cual es un horror, porque elegir el natalicio de una persona como Artigas como la fecha nacional, incluso como la fecha artiguista, dice tan poco, tan poco. Es casi monárquico. Y para un republicano como fue Artigas, es una cosa asombrosa”.
Pocos días después de esa conferencia, Caetano respondió a la siguiente entrevista:
-¿Por qué Uruguay dejó de ser una de las Provincias Unidas y terminó siendo un país independiente? ¿Ese fue el deseo de los orientales o lo decidieron agentes extranjeros, como Inglaterra?
-El proceso de la emergencia de las repúblicas luego de las revoluciones iberoamericanas fue muy complejo y cualquier relato que trate de simplificarlo resulta equívoco. Sólo quiero señalar que las visiones más extremistas de la historiografía nacionalista clásica son igualmente equívocas. Una dice que la identidad nacional es un designio ineluctable que viene desde la colonia; la otra  sostiene que el Uruguay es una invención británica sin nada que la arraigara.  Las investigaciones más recientes cada vez sustentan menos estas dos teorías. Los orientales  poseían una identidad, que se reforzó especialmente durante los tiempos artiguistas. Pero hay muchos elementos que establecen dudas fuertes respecto a que esa identidad fuera de proyección nacional en sus orígenes. El propio Artigas es enfático en la idea de autonomía provincial dentro de la confederación de las Provincias Unidas.
-Y teniendo eso en cuenta, ¿hoy somos un país con todo el significado de la palabra? ¿Somos independientes? ¿Somos una nación?
-Yo en verdad creo que en la actualidad no pueden existir dudas que Uruguay es una nación, un Estado nacional con un sentido muy arraigado de pertenencia y de identificación nacional. Existe una evidencia abrumadora de esa identidad nacional de los uruguayos y de su arraigo emocional y racional. Sólo que esa identidad nacional sigue siendo un tema de debate complejo, cuando los uruguayos históricamente hemos discutido sobre la nación, discutimos muchas cosas. La diferencia semántica entre “orientales” y “uruguayos” no es trivial, refiere dos concepciones diferentes de entender la nación, con anclajes históricos diversos. Todo esto en el pasado ha estado fuertemente impregnado de posturas político-partidarias, como se puso tan en evidencia en los años 20, cuando durante el Centenario se debatió fuertemente sobre la fecha de la independencia nacional. En cuanto a las ideas actuales de independencia y soberanía, en el mundo globalizado de hoy esas nociones tienen otras implicaciones y exigencias que sería muy largo analizar. Pero en cuanto al fondo de la pregunta, no tengo dudas acerca de la fuerza de la identificación nacional de los uruguayos, más allá de las múltiples complejidades persistentes de esa identidad.
-¿Y Artigas? ¿Es el fundador de la nacionalidad? ¿El prócer del Uruguay independiente? ¿Un caudillo argentino? ¿Cuál es su justo lugar? ¿El lugar que ocupa hoy en la historia oficial es el adecuado?
-Artigas no quiso ni vislumbró el Uruguay (un Estado independiente y separado de las provincias vecinas en el territorio de la Provincia Oriental), pero luego los uruguayos lo han hecho “uruguayo” en sus relatos. Y yo creo que esa construcción es legítima y no se aparta de lo que la gran mayoría de las sociedades hacen con sus narrativas de la nación. El problema es que para eso no es necesario legitimar y banalizar gruesos errores de interpretación histórica. Ni tampoco violentar groseramente la documentación de época y leerla con un marcado anacronismo, proyectando nuestro concepto actual de voces como independencia, soberanía, patria o nación a los lenguajes que aparecen en documentos de hace 200 años. El rol de los historiadores frente a las celebraciones y las conmemoraciones es el de siempre: no manejamos ni administramos un discurso de la “verdad” sobre el pasado, lo que hacemos es producir conocimiento crítico sobre el pasado. Y eso hay que hacerlo siempre, incluso –y tal vez sobre todo- cuando va a contracorriente del discurso oficial y su manera de proyectar el relato de la nación. En el caso concreto de Artigas, creo que esa divinización del personaje en el que ha incurrido e incurre el discurso oficial, lejos de enaltecerlo lo aleja de los ciudadanos. Ese santón laico, ese “padre” y “dios” de la patria, no hace justicia al hombre de carne y hueso, al líder de una revolución popular, que con sus claros y oscuros resulta una figura mucho más atractiva y vigente. Y en particular lo digo en relación a la persuasión frente a los niños y jóvenes que hoy son “nativos digitales” y que no pueden encontrar persuasivo el Artigas “para la patria un dios”. Y por supuesto que existe también un Artigas argentino (en la acepción de hace 200 años, cuando la voz “argentino” quería decir “rioplatense”), que lejos de preocuparnos nos debe enorgullecer. 
-¿Los uruguayos conocemos nuestra historia? ¿O la hemos mitificado en exceso como denuncian algunas voces? ¿Estos festejos han ayudado a conocerla mejor?
- Tengo una visión crítica respecto al conocimiento histórico de los uruguayos. Creo en verdad que perdemos lo mejor de la “aventura uruguaya” tras esa pulsión mitificadora de personajes y procesos. Por cierto que ello ocurre en la mayoría de las sociedades, en la que hay brechas fuertes entre el relato de la memoria nacional (popular y oficial) y los avances críticos de la historiografía. Pero tiendo a pensar en que por muchas razones, en el Uruguay esa distancia es muy grande. Que la pulsión mitificadora es particularmente excesiva y, por lo visto en el discurso oficial durante este “Bicentenario”, lejos de amainar aumenta. Podría abundar en evidencias que me llevan a la convicción de que los festejos y celebraciones de 2011 no nos han ayudado a conocer mejor y más profundamente nuestra historia. Pero en todo caso, es un pleito eterno, en el que los historiadores tienen que jugar su rol, el que a menudo los lleva a ser “aguafiestas”. No es un rol necesariamente grato, pero lo juzgo insoslayable.
- Una vez oí decir a alguien que los orientales, al aceptar ser independientes, hicieron un voto de pobreza. ¿Es así? ¿Estamos condenados a ser pobres?
-Para nada. La cultura del pobrismo, que por cierto también está presente en nuestros relatos históricos, no tiene que ver con ninguna condena y mucho menos con los procesos complejos que finalmente convergieron en la independencia uruguaya. Se trata de una construcción ideológica y simbólica que nada tiene que ver con la independencia. Entre otras cosas, refiere a un capitalismo originalmente débil o a aquel “capitalismo de ausencias” del que hablaba hace ya muchos años Francisco Panizza. Pero trabajar este punto nos llevaría muy lejos. 
- En los años que tiene el país, que ciertamente no son 200, ¿cuánto hemos hecho?, ¿hemos avanzado poco o mucho?, ¿lo hemos hecho medianamente bien o bastante mal?
He escrito mucho sobre ello. Creo que el Uruguay encontró sus mejores versiones cuando supo anticipar, cuando miró más lejos y, desde un debate plural y conflictivo, resolvió sus rumbos de futuro en síntesis superadoras, no a través de hegemonías. Pero me parece que desde hace mucho tiempo se ha perdido esa capacidad anticipatoria. Su necesidad resulta particularmente acuciosa en tiempos de bonanza económica, luego de ocho años de crecimiento económico ininterrumpido y con las posibilidades (y las exigencias) del desarrollo frente a nosotros. Pero no creo que contradiga mi vocación por la crítica intelectual diciendo que hago un balance en general positivo (no “panglosiano” ni excepcionalista) de la historia uruguaya. No siento ningún rubor en decir que me gusta mucho el Uruguay, que con sus luces y sus sombras, este es un país cuya aventura vale la pena vivir.

Publicado en la edición de diciembre de 2011 de la revista Placer.


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Periodista. Trabajó en medios de prensa de su país (Punto y Aparte, Búsqueda, Tres, Plan B, El Espectador, entre otros). Fundó y dirigió entre 2000 y 2006 el suplemento Qué Pasa del diario El País. Publicó en revistas internacionales como Gatopardo (Colombia-México), Etiqueta Negra (Perú) e Internazionale (Italia), entre otras. Ha sido incluido en antologías de periodismo narrativo publicadas en Chile, México, España e Inglaterra, incluyendo "Antología de crónica actual latinoamericana" (Madrid, 2012). Publicó 12 libros. Entre ellos "Historias tupamaras", "Crónicas de sangre, sudor y lágrimas" y “Milicos y tupas”, que ganó en 2011 el premio Bartolomé Hidalgo. Su libro más reciente es "Gavazzo. Sin piedad". Es coautor de "Relato oculto: las desmemorias de Víctor Hugo Morales". Hoy trabaja como corresponsal en Uruguay de la agencia de noticias Associated Press (AP).
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